miércoles, 16 de noviembre de 2011

Los 4 fantasiosos


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Dibujo publicado en Depor en la previa del partido.



  Ni Vargas, ni Guerrero. Tampoco Farfán, menos aún Pizarro. Dada la coyuntura, presento mi versión no de los cuatro fantásticos, sino de los cuatro fantasiosos de esta (aún) amarga historia.

  Fantasioso # 1: la gente. Medios como CMD, DT, Depor y marcas como Cristal, Movistar, entre otras nos han hecho creer que tenemos un equipazo Nos bombardean de información, sentimentalismo y falso patriotismo —gracias CMD por sacar del aire ese terrible comercial de los niños cantando en el Estadio Nacional—,  cuando en realidad tenemos sencillamente un buen equipo como tantas otras selecciones del mundo que tienen la opción de estar en el próximo mundial. ¿Se imaginan si tuviéramos a Messi, Suárez, Sánchez y Neymar? Saben que no los tenemos, pero nos quieren hacer pensar que sí. Depor difundiendo dibujos de «los cuatro fantásticos» aludiendo a los Super Campeones y Peredo siendo capaz de hacer una previa que dure más que el mismo partido ya es demasiado. La selección llegó el mismo día, jugó y se fue. Peredo y su equipo llegaron como cuatro días antes y recién hoy están volviendo.
  Sin duda son buenos jugadores, pero ese medio cupo lo va a marcar el esfuerzo y trabajo, así como por supuesto el planteamiento del técnico.

  Soy critico de Pizarro, pero esta vez no. El fantasioso #2 es Vargas. Se la creyó. No respeta el himno del rival, hace lo que le da la gana. No está para ser titular cuando Perú sea visitante. Debe volver a ser el que era antes y para eso tiene que madurar.

  Fantasioso #3: Markarian. Se olvido que cuando llegó dijo que éramos un equipo chico y comenzó a creer que puede ganar los partidos de visita jugando como local. En la copa América alcanzó la semifinal jugando con más marca en la mitad de la cancha y defendiendo el cero. Argentina derrotó a Colombia en Barranquilla jugando con dos volantes de marca.
  Es un gran entrenador, serio, trabajador y comprometido. Las opciones están intactas, como dijo tras el partido.

  Fantasioso #4:  Burga. Seguramente cree que si Perú clasifica la gente analizará su manejo en la Federación como positivo y lo saludarán gratamente en la calle. Así Markarian lo logre y Perú quede primero en la clasificatoria, será por siempre un incapaz.

  Si los medios, los jugadores, el cuerpo técnico y los hinchas no pisamos tierra, iremos a Brasil pero a cualquier cosa menos para alentar a Perú. 

viernes, 22 de julio de 2011

Más ciego que nunca: autogol de Oblitas

  
  Algunas personas pasan de héroes a villanos en cuestión de minutos, de segundos. O de villanos a héroes. En el deporte esto puede verse no solo con mayor claridad, sino que se vive de manera más intensa, dado que la competencia se da dentro de un marco en el cual podemos observar y vivir todo lo que ocurre —más en estos días donde la tecnología nos permite capturar los hasta los mínimos detalles—: los estadios. Un delantero falla una ocasión increíble, luego anota, luego es expulsado. Un zaguero viene cerrando bien su zona y de pronto comete un penal. En los siguientes minutos pisa área rival y nos hace gritar gol. Las acciones en el deporte son demasiado condicionantes para ser visto o como héroe o como villano en determinados momentos. Pero más allá de eso, lo héroes, al igual que los villanos, a pesar de sus aciertos o errores, pueden ser siempre respetados, cuando se hacen los balances. En estos días nadie ha dejado de reconocer lo importante de Juan Vargas en la selección, a pesar del codazo al uruguayo Coates y así restarle con ese entrañable impacto oportunidades a Perú de empatar el partido. El respeto hacia el no se ha perdido, mucho menos la admiración. Me parece que son pocas la acciones por las que una persona puede perder su condición de admirado, y creo que nada le molesta más a la gente cuando percibe sin necesidad de una lupa o de ver la jugada en cámara lenta las repercusión del dinero en las motivaciones y por ende en las acciones. 
  Así es como Juan Carlos Oblitas, héroe de tantas jornadas, siempre profesional, responsable y maravilloso puntero izquierdo sin ninguna duda, abandonó su condición de héroe en 40 segundos abogando por las abusivas mineras cuando a la pelota se le había dado un receso. Ante el Perú entero, en vivo y en directo. No fueron suficientes los quince minutos de descanso para olvidarlo. Cuando volvió a rodar la pelota, le encajaron dos goles a Perú, y esa derrota no dolió tanto como la de Oblitas.
  No tuve la oportunidad de verlo jugar. Como todos los de mi generación, sabemos de su calidad como la de otros genios solo a través de los videos de youtube. Lo recordamos más porque en el año 98 casi nos pone de nuevo en un mundial, pero Chile con una goleada nos sacó de la cita. Hoy, con un autogol, se borra del podio y se corta la cabeza frente a todo el país, que lo vio rendirse ante una billetera, alegando tristemente a un sentimiento anti-chileno. Nada más ingrato que un vendido. Hiciste que admire mucho más al Cholo Sotil quien prendía los puros con billetes de cien dólares y hoy tiene que lucharla para los fósforos. O a Valeriano que pedía un pedazo de pescado en el mercado del Callao y se iba sin pagarlo, caminando lentamente. O tantos otros que sucumbieron ante sus propios demonios terminando solos, débiles, demostrando que la plata es la que te rodea de gente. Dicen que en algunos partidos se te caían los lentes de contacto, los recuperabas en medio pasto y la volvías a mandar al fondo del arco. Hoy parece que no solo perdiste el sentido de la vista. Juan Carlos, cuando ponía tu nombre en Google lo primero que aparecía era la notable «chalaca» con la que hiciste delirar al pueblo peruano, poniéndolo dentro del arco chileno. Hoy tu más hermoso gol aparece relegado en los últimos lugares de las visitas. Cuando los chicos quieran saber quien fuiste, solo podrán saber en quien te convertiste: ni si quiera un villano. Prefiero juerguero a vendido. Prefiero irresponsable a mercenario.
  

jueves, 2 de junio de 2011

A la otra, ya la conozco


  No la conozco, no sé quien es, pero no me temblaría la mano si tuviera que darle mi voto. No me darían nauseas, ni mucho menos arcadas. No sé cuantos años tiene. Tampoco sé —ni me importa, en realidad— si tiene hermanos,  o hijos, si es casada o soltera. O tramposa, quién sabe. Menos sé quienes son sus padres o amigos, ni que hacen o hicieron por la vida, si son buenas personas o cometieron delitos. Solo sé, a mi juicio —y los que me conocen, saben que no soy un fanático de las orientales, sino menciónenme a la actriz de Gray's Anatomy y la que me da— que es hermosa. Por la foto puedo intuir que se trata de una modelo, talvez una actriz. ¿Es buena? ¿Habrá hecho muchas películas? ¿O series? No lo sé, aún no entré a Wikipedia. Pero, ¿dudarían ustedes que es, al menos, podría ser una buena persona? ¿Podría un ser con tan mágica mirada albergar en su interior al mismo demonio? No lo sé, pero no lo creo. Sin embargo, es un hecho que las apariencias engañan, y como diría Rubén Blades, «se ven las caras, pero nunca el corazón.» Entonces, para verlo, no nos queda más que analizar los actos concretos de las personas. Keiko Fujimori fue la primera dama durante la dictadura de su padre, dictadura que, en conclusión, no respetó al pueblo peruano. Y claro, dicen que era muy joven y que tal cargo no es significativo. Yo tengo veintiséis años, uno más que ella cuando su padre renunció por fax. Uno más que ella cuando apoyó la tercera elección de su padre. Es decir, uno más que, cuando apoyándolo, reivindicó la permanencia de su padre en el poder. ¿No llora el niño de dos años que ve a su padre maltratar a su madre? Pues ella no, con más de veinte se mantuvo al lado del abusador.  No reconozco, a los treinta y cinco años, que coimear, secuestrar, extorsionar, esterilizar sin consentimiento, torturar, y asesinar son simplemente «excesos», y que, son «cosas» que estuvieron mal. 
  ¿Y el otro, no es igual? No lo sé, al igual que la chica de la foto. No me consta, en todo caso. Al menos no reivindicó a su hermano, como si lo hizo Keiko con su padre. Como lo sigue haciendo, hasta el día de hoy. ¡Pero es Ollanta!, dirán algunos. Sí, es Ollanta, y le daré mi voto, porque no tiene un equipo de mierda, una sarta de ladrones que considera a la Diroes la meca del fujimorismo, un equipo que se jacta de haber matado menos, una mafia que amenaza jueces, tal como el discurso de la madre que le dice a su hijo, «ay carajo, espérate, ya vas a ver cuando venga tú padre.» Qué miedo, en verdad, con ese padre. Un gobierno que nos quiere esterilizar la libertad, el pensamiento y la dignidad. Montesinos, gracias por mostrarnos la basura que gobernó el país durante diez años, y que se quiso quedar por más tiempo. Gracias por mostrarnos el corazón de los que ahora quieren volver, de los que quieren hacer del Perú nuevamente una salita del SIN. ¿Qué ella no es su padre? Pues, en físico, obviamente no, pero en corazón, sí lo es. 
  La hermosura de la foto se llama Keiko Kitagawa, modelo y actriz japonesa. Es a la única Keiko que le daría mi voto. Sin conocerla, porque a la otra, a la de apellido Fujimori, ya la conozco.  

jueves, 26 de mayo de 2011

El burro perdido (o viajero)


  
 Hace dos semanas presenté mi primer libro en «La noche» de Barranco, rodeado de  mi familia y varios amigos —a algunos no los veía hacía bastante tiempo—. Además de nerviosismo, e intensa alegría, una sensación depresiva se ubicó entre Carla Sagástegui —presentadora del libro— y yo.  Las historias que había empezado a imaginar en setiembre, a entrelazar en mi cabeza, y que terminaron de ser tejidas en enero y puestas finalmente sobre un papel marfileño a comienzos de abril, ahora ya no eran solo de mías, si no también pasaron a ser parte de las vidas de quienes estuvieron esa noche, parte de quienes luego en su casa, espero, lo leyeron. Sentí, asimismo, que me desprendía de esas historias, que ahora andarían paseándose por la ciudad. Y no solamente eso: quienes se llevaron un libro a sus casas, se habían llevado también una parte de mi y de mi mundo, podían echar ahora un vistazo a mi interior, y no podía evitar sentir un desgarro, una invasión. Me reconocí, sentado frente a ustedes, expuesto. Y estar dispuesto a esto, como diría el maestro Riberyo, «la tentación del fracaso», fue el primer paso, y más importante, para poder publicar, para mostrarme, para dar el salto.
 Y bueno, la pasamos bien, nos vimos, conversamos, y llevaron con ustedes algunas de mis historias, mis ideas, de mis pensamientos y emociones. Y fue muy importante para mi. Pero, lo que sucedió después de la presentación, cuando dejaba atrás «La Noche», lo que más me impactó: un borrachín, —asumo, por el aspecto—, al ver a mi mamá con varios ejemplares de mi libro en sus brazos, le pidió uno. Ella me miró extrañada, paralizada sin saber qué hacer. Nos miramos quedamos mirando por unos segundos. «¿Le doy uno?», me pregunté. Y así, tomé uno de los libros y se lo di.
 —Gracias —dijo sonriendo, y yo también sonreí.
Tambaleando, siguió su camino, por la larga avenida Bolognesi.
 —No se le puede negar a alguien un libro —me dijeron.
 Y más tarde, ya en mi casa, mientras pensaba en la presentación, en las bromas hacia los hermanos Carling, en los generosos comentarios de Carla, en las expresiones de afecto por parte de quienes estuvieron ahí, no podía evitar pensar en dónde andaría a parar aquel libro. Pues una cosa es cierto: no conozco las casas del total de quienes fueron, pero puedo imaginar que el libro podría terminar en manos de un amigo, de un primo, de un hermano, o en el estante de un escritorio. Y se moverá, digamos, dentro de un círculo conocido. En cambio, ese libro que regalé, no tengo la menor idea, después de dos semanas, de su posible ubicación. Si terminó en algún rincón del Metropolitano, en manos de un pasajero, en una mesa de un bar barranquino,  en algún tacho municipal o sencillamente, en donde fuera que sea su casa. No tengo idea dónde estará, ni qué será de ese ejemplar de «La plaza de los burros», pero me hace feliz pensar que sus historias viajan por algún lugar que no puedo si quiera imaginar.

jueves, 19 de mayo de 2011

Pregúntale a mi hermano *

*


Las primeras horas del año muchas veces traen consigo sucesos inesperados. Algunas veces estos son buenos, otras no tanto, si acaso la mezcla de la euforia con el alcohol entrampa al buen criterio. En casa de los Carling, este estaba presente la mayoría de las veces, funcionando cual reloj suizo: siempre perfectamente sincronizados. Las actividades las tenían repartidas de manera equitativa, aunque bien se sabe que eso rara vez resulta ser cierto. La edad pesaba, y a Patricio, —el menor de los tres hermanos—, le había tocado el último lugar de la cadena de mando, siendo la parte más débil. Al momento de distribuirse los tres paseos diarios del perro, solo por mencionar algún ejemplo, el menor de los Carling debía cumplir con cuatro de los siete turnos mañaneros de la semana. Dos eran cubiertos por Fernando y el restante por Alberto, el mayor. Los catorce restantes se racionaban arbitrariamente. Las reparticiones pueden resultar siendo equitativas, pero no siempre lo más justas. 
Otra particularidad en la casa de los Carling eran las constantes apuestas, donde participaban además de los tres hermanos, José, el padre. Los cuatro apostaban acerca de cualquier cosa, de los resultados del fútbol nacional e internacional, partidos de tenis, tiempo de permanencia en un trabajo, tiempo en que guardará mamá en sus labios el nuevo chisme de la cuadra, el clima, entre otras cosas. No siempre estas apuestas encontraron dinero al final de su desenlace: un corte hongo en pleno año dos mil cinco, comprar una enchilada vestido como mexicano —y hablando como uno— fueron algunas de las acciones que funcionaron alguna vez como manera de cobro.
Pero sin duda, acertar con el pronóstico de duración de un nuevo romance, si alguno de los tres lo comenzara, era lo más divertido, siendo la apuesta más esperada. «No, no va a durar nada», «no pasa de fiestas patrias», «no lo veo afanado, tres meses le dura», «le doy dos», «no, no, está vez le tiro medio año, parece que va en serio», «¿pasará fin de mes?, ¿cuánto das?»
La noche de fin de año, sorprendentemente traía consigo a un Patricio enamorado, rompiendo los pronósticos de mezquinos dos, tres y cinco meses de duración que le habían dado en un principio. Esto hizo que, una tarde de noviembre, se reeditara la apuesta: «Ya, ahora si, no pasa de año nuevo», dijo Alberto, mientras veían el fútbol en la tele en la sala. «Si pasa, si pasa, si no falta nada para fin de año», «no, vas a ver que no.» «Ya, ¿cuánto? ¿Veinte soles está bien?», propuso Fernando. «¿O tú sabes algo?», agregó. «Treinta.» «¿Qué hay?», preguntó Patricio al entrar. «Acá, apostando cuánto más vas a durar con Natalia?» «¿Y? ¿Cuánto más me echan?» «No se dice, tú sabes que no se dice.» «¿Contra quién juega? Lo gana el Madrid con dos de Ronaldo», dijo José, saliendo de la cocina. «Lo gana, pero hace uno no más.»
Minutos previos a la llegada del nuevo año, en la fiesta, Fernando recordó al resto el pago que debían hacerle al llegar la mañana, pues era un hecho que Patricio habría pasado la barra que el resto le había marcado. «¿Viste a Patricio?», preguntó José. «Nada viejo, lo vi cuando estábamos en la mesa, luego ya no, por ahí debe estar», respondió Fernando. «¿Por qué?, ¿ya se van?», preguntó. «No, aún nos quedamos un rato más. ¿Alberto?» «Se fue con Mariana como a las dos.»
Muy temprano, mientras Patricio caminaba rumbo a casa abatido por el ritmo de la juerga, Fernando acompañaba a su poco aceptada enamorada a su casa —de hecho, cuando recién salía con ella las apuestas en casa eran ventiladas con descaro, dándole un máximo de un mes de duración para que quede clara la poca aprobación que tenía—. Alberto, más curtido y tranquilo que los otros dos, dormía en casa de Mariana, su novia. La estabilidad que mostraba con ella había hecho que las apuestas sobre su relación cesaran hacía bastante tiempo al dejar de ser divertidas.
—¿Aló? —dijo Alberto, aún dormido.
—¡¿Tú quieres a Mariana?! —gritando al teléfono.
—¿Mamá?
—¡Dime Alberto!, ¡¿tu quieres a Mariana?!
—Mamá, mamá, ¿qué pasa?
—¡Respóndeme, ¿la quieres?! —preguntó, todavía enojada.
—Sí, mamá, claro que sí. ¿Qué pasa? ¿Por qué preguntas? Bueno, no lo sé, —tras escucharla— yo no he sido, pregúntale a Fernando, de repente ha sido él.
Alberto volvió a caer dormido después de reír buen rato con Mariana por lo que había sucedido en su casa. En tanto Fernando se acomodaba en el taxi, el cual pagó a regañadientes pues se sintió asaltado por el alto precio, Patricio seguía arrastrando su cuerpo tratando de llegar finalmente a su casa. Las tres cuadras que faltaban las encontraba interminables, veía su destino borroso y lejano, con esfuerzo lograba levantar su cabeza, pero no conseguía evitar que sus manos y su camisa se ensuciaran con el polvo de las paredes.
—¡Aló Fernando!
—¿Mamá?
—¡¿Cómo se te ocurre hacer eso?!
—¡¿Qué cosa?!
—¡¿Cómo se te ocurre?! ¡¿Dónde estás?!
—¡Mamá, yo no he sido!
—¿Entonces quien?
—¡Yo no sé! ¡Pregúntale a Alberto!
—¡Dice Alberto que él no ha sido!
—¡Bueno mamá, yo tampoco he sido!
Mientras Fernando y Alberto reían al teléfono, Patricio intentaba encontrar las llaves de la puerta del edificio en algún rincón de sus bolsillos. La llamada, además de interrumpir su búsqueda, interrumpió su borrachera.
—¡Patricio! ¡¿Cómo se te ocurre?!
—Mamá, ¿qué pasa?
—¡¿Cómo que qué pasa?! ¡Hay dos condones abiertos encima de mi mesa de noche!
«Este es un imbécil, ¿cómo la va a hacer en el cuarto de los viejos?», «debe haber estado todo volteado.» «Ya se cagó. La vieja está asadaza», dijo Fernando. «Bueno, por lo menos ahora tú flaca no será la más odiada», dijo Alberto. «Ya, ahora me pagas en el almuerzo.» «¿Tú cómo sabes que siguen?», preguntó. «¿Por qué no seguirían?» «Por la puta madre, tendré que entrar no más. Qué tal imbécil que soy…» Patricio se tomaba la cabeza, secaba su frente mojada por el nerviosismo, no tenía otra salida. «¿Cómo me voy a olvidar de botarlos?»
Con poca precisión, y esta vez no por los efectos del alcohol, introdujo la llave en la cerradura. Miró a su madre, quien lo esperaba en el sillón de la sala, saludó, y tras no encontrar palabras que sortearan la crisis, fue hacia su cuarto.
—Eres un imbécil —dijo Alberto.
—Estaba borrachazo. No me acuerdo un carajo.
—Tú sabes cómo es la vieja, ¿qué le dijiste?
—Que no fue con Natalia, que estaba recontra ebrio y me vine con otra.
—Bueno…
—Ni me mira —dijo Patricio, escondiendo una sonrisa.
—Ya Beto, paga no más.
—Caballero, toma.
—Ah papá, todavía me debes quince lucas del último partido del Madrid que Ronaldo solo metió un gol —dijo Fernando.
—¿Quién dice? ¿No lo ves acá sentado? Metió dos golazos —dijo José, dándole una palmada. Todos reían y Patricio solo sonreía, tapando sus ojos deseando estar en una pesadilla de la que pronto despertaría. Los pasos de su madre frenaron la risa de golpe.
—Ni me mira —dijo.
—Ya, a ver todos, nueva apuesta —dijo Fernando, llamando la atención de todos—. ¿Cuánto tiempo demora la vieja en hablarle de nuevo?


© Antonio Gazís Olivas.
* Cuento extraído del libro «La plaza de los burros» (Casatomada, 2011). 
* Ilustración de Otto Alegre.

miércoles, 11 de mayo de 2011

Guayabera

Graduación, sexto de primaria, 1996. El Tanque, Toño, el Gordo y el Cabezón. 

—¡Y ésta es la última vez! —rugió Vasallo, el jefe de normas educativas de apariencia amargada—. ¡No quiero volver a verlos con la camisa afuera! —exclamó, y comenzó a retirarse.
—Primero métetela tú —dijo el Gordo Fabricio.
Dos años después, ya cursando el tercer año de secundaria, el primer viernes de abril nos demostraba que aún traía consigo mañanas calurosas, que nos azotaban hasta empezada la tarde, las cuales solo eran aplacadas por el sonido liberador del timbre. Enfrentábamos la última hora, la más larga, y las autoridades la habían reservado para practicar, como cada año, el ejercicio de la democracia, debiendo cada salón elegir a un delegado. La Chata Delgado había sido elegida por la sección «B». Sus excelentes notas la respaldaban. En el aula «D», el deportista Carlos Suárez arrasó con cualquier otra propuesta. Hasta ahí, los hechos en las mencionadas aulas coincidieron con el sentido común. Pero, como sabemos, «en el Perú, el sentido común es el menos común de los sentidos»[1]; en el «A» tanto como en el «C» los desenlaces serían otros. En el «A», el Tanque Murillo fue elegido, y no por sus estupendas notas, como cualquiera hubiera pensado, sino para —y no se sorprenda— poder ver cómo era su madre. Resultaba que el Tanque era un ejemplar alumno, pero una ladilla comprobada una vez se encontraba fuera de las cuatro paredes.
Su elección, haciendo a un lado el hecho que fue confabulada por algunos, era válida pues ciertamente su registro académico funcionaba como escudo ante cualquier acusación en su contra. Caso contrario del Gordo Fabricio, quién, a pesar de vencer, (alzó los puños y dio un grito de libertad el cual atravesó las paredes del tercero «C») se debe decir que fue elegido simplemente por joder. El Gordo no reunía ninguno de los criterios para ser electo. No reunía nada que podría dar indicios de un buen manejo ni del aula ni de la promoción. Era revoltoso, subversivo, cargoso, conchudo, es decir, un desastre. El dolor de cabeza para la mayoría de los profesores, había ganado. Y los que lo elegimos —me incluyo entre ellos— estuvimos sonrientes. Por qué no, hasta felices. Realmente encontrábamos graciosa su nominación. Durante la ceremonia, la mayoría de los electores del «A» se vieron complacidos al ver cómo era la progenitora del Tanque, burlándose de él sin intentar pasar desapercibidos. Por otro lado, los electores del «C», reímos incrédulos al ver cómo el Gordo era decorado con la banda marrón. Los cuatro representantes la lucían orgullosos, pero solo dos de ellos nos hacían reír; y la risa, en el colegio, lo es todo. Al final, ninguno de los dos pudo derrotar la popularidad de Suárez, quien fue elegido presidente de la promoción una semana después. El Tanque y el Gordo, quienes eran —y aún son— grandes amigos míos desde la infancia, volvieron, tras los comicios, a su conducta normal: a buscarse en los cambios de hora en los baños a escupirse, a gastarse venenosas bromas, a ser inseparables. Suárez presidió como todos los que lo hicieron antes: mediocremente. Teníamos ya quince años, no éramos más unos niños y elegíamos así, en gran parte, a nuestros representantes: algunos, para nuestro regocijo, otros,
 sencillamente por joder.
—¡Esto no es una camisa! —gritó Vasallo, volviendo al centro del aula del primero «C»—. ¡Es una guayabera y así se usa!¡¿Quién ha dicho eso?! —bramó, y el sepulcral silencio hizo que no le quedara más que seguir su camino.




[1] Juan Luis Orrego, profesor de la Católica, en una clase de historia del Perú en el año dos mil cinco.
*La foto de arriba también es por joder: no tiene nada que ver con el texto, y los personajes, ficticios, de hecho.

miércoles, 27 de abril de 2011

De Blackberrys y otras cosas sin importancia


  Son dos cosas las que nunca haré en la vida, y estas, —a pesar de no tener una aparente lógica—, creo sí que secretamente guardan una relación. La primera que nunca haré será comprarme un Blackberry (o algún teléfono con acceso a Internet), sellando así mi encarcelamiento en el mundo de las ansiedades virtuales. Lo segundo que nunca haré será darle mi voto a Keiko Fujimori. ¿Qué tiene que ver una con la otra? Pues, como mencioné anteriormente, probablemente no haya relación —al menos a primera vista— entre la primera y segunda afirmación (o más bien, par de negaciones). Antes, algunas aclaraciones. Ni tener un Blackberry ni votar por Keiko Fujimori convierten a una persona en una malvada ni mucho menos pérfida. Segundo, no concluyo que todos los que tienen un «Bb» —graciosa y curiosa reducción—le darán su voto a Fujimori, pues no tengo el dato estadístico para hacer una afirmación de ese tipo. Menos aún podría inferir que los votantes de Fujimori cuentan en su totalidad con un Blackberry, pues parte de ese porcentaje se encuentra en la pobreza extrema, por lo que sería irracional pensar y afirmar algo así.  Sin embargo, algo me dice que sí existe una relación, y pensar que los entusiastas usuarios de los «Bb» le darán su voto no resulta una disparada idea. Estos usuarios, además de arruinarnos momentos como los que pasábamos horas tratando de recordar el nombre de cierto porcentaje de un dibujo animado con un rápido y preciso googleo, —el otro día pasé buen rato con un grupo de amigos tratando de dar con el nombre del perro de Tintín, «¿cómo se llamaba?», «nada, no me acuerdo», «lo tengo en la punta de la lengua»,— quienes lo usan en tanto conversan con nosotros, nos hacen sentir que, sencillamente, mucho no importamos. Les aseguro que alguna vez han estado en una situación como la siguiente: suben la cabeza, alzan la mirada, la vuelven a bajar, nos miran, nuevamente hacia abajo, luego asienten mostrándonos el lóbulo parietal, ensayan sonidos y susurros buscando convencernos que sí nos están escuchando, la vuelven a subir, luego a bajar para finalmente volverla a enterrar, sumergiéndola en la zona touch screen. Es decir, un carajo lo que me estás diciendo. Es decir, yo no me despego de mi auto-complacencia ni de mi constante auto-gratificación, no postergando la actualización de mi CNN personal, para escuchar lo que tienes que decir. ¿Coincidencias? ¿Algo parecido? ¿Familiar? Pues sí. En mucho menor escala, como sabemos algunos, —pues más del 23% lo olvidó (o no le importó, en realidad)—, el desinterés y el atropello son conductas arraigadas, enraizadas en las bases de la mecánica fujimorista: no me importa los que me rodean, haciendo lo que me beneficie a mi. Ligo trompas, me siento en los derechos humanos, amenazo, cierro de congreso, allano casas, me llevo maletas enteras con millones de dólares. Me importas tan poco que renuncio, nada menos que, desde la lejanía del Japón y por fax.
  A pesar de ser evidente, es importante repetir, por si acaso, que el tener un Blackberry no conducirá a las personas al destino desdichado de las conductas —o atropellos— recién mencionadas. Es por eso que, entonces, digamos que se trata de una intuición, de un latido, de un no sé qué, el que me dice que quienes miran más al aparato que abrigan en sus manos que al amigo (o persona) que tienen en frente le darán su voto a la mafia fujimorista, a los Rodriguez Medrano, a los setenta y ocho personajes del gobierno de los noventa que ahora cumplen sus penas tras las rejas, reinagurando así la salita del SIN.
  Varios de mis amigos utilizan la dichosa tecnología, y no por eso los estimo menos. Y ahora, pensando en ellos, recordándolos con sus «bbs», como dije, no sé porqué pero no tengo dudas en que votarán para restablecer la dictadura más espantosa que ha habido jamás en este país. A pesar de eso, no los estimo menos. 
  Es cierto que dicen que uno nunca debe decir nunca, pues no sé sabe qué situaciones podría tener uno en frente en el futuro, pero esos márgenes —los de locura sana— los dejaré para ciertas aventuras, sin duda más divertidas y gratas, las cuales, a fin de cuentas, no sé si aceptaré o no. En cuanto a lo anterior, sí puedo afirmarlo sin temor: nunca tendré un Blackberry. Ni nunca le daré mi voto a Keiko. Ahora pon tu dedo sobre la pantalla, deslízalo hasta la esquina derecha y dale un golpecito sobre la «x», y luego anda y marca la K, manchándote las manos con sangre.


  Milu, se llama el perro de Tintín. 
   
  

martes, 5 de abril de 2011

Tranquilo, aún.



  Emocionado de ir al Perú, eligió el bajo con el que se revelaría tras el explosionar de las luces y no sería pensado más como un mito ni como una ilusión. Pensó en qué canción emocionaría más, qué canción podría ser la que marcara el camino de tamaña reunión, y tras unos segundos, la eligió calmado, ensayando una sonrisa.
—Me dijeron que un grupo de comunistas había preparado un ataque contra mi —se sienta en su sillón, destapa una cerveza Carlos—. Pero todo eso fue una mentira, just shit.
—¿Y te sacaron así no más?
—Sí —apura el sorbo, acomoda sus pies Carlos—. Ni bien llegué me subieron al avión y ya estaba de nuevo en Estados Unidos.
—Mierda. ¿Y por qué fue eso?
—Por la dictadura militar pues. Juan Velasco Alvarado, nunca voy a olvidar su nombre. Me tildó de mal ejemplo para los jóvenes —hace gesto de comillas con los dedos, mira hacia los lados, no olvida—. Bajé del avión sin camisa y con el pelo como lo usaba en esa época... y me mandaron de regreso.
—Qué ganas de joder las tuyas —dijo Paul.
—Sí. Bueno, tú me conoces. Me joden las opresiones —eructa, toma otro sorbo, se acomoda el pelo Carlos—. Pero fui hace como cuatro años y todo bien, gran concierto, la gente es chévere, me hicieron homenajes, todo esa vaina —agregó.
  Paul miró un papel que le alcanzaron. Leyó que el día de mañana las entradas saldrían a la venta en Lima, que la gente conmocionada formaría interminables colas con tal de conseguir uno de los boletos que les permitan hacer un puente entre el pasado y el presente.
—Pero no te preocupes hermano —trató de tranquilizar, calmó su sed Carlos Santana—. ¿Cuando es la fecha del concierto?
—El 9 de mayo, en un mes.
—Ah, todo tranquilo Paul —truena sus dedos, acomoda su pelo—. La dictadura en Perú empieza todavía el 28 de Julio.

lunes, 4 de abril de 2011

No uno, ni tres. Seis.




  «Entre Fano, García y Alva, tienen alrededor de 400 goles en la primera división, Anímate», fueron las palabras de un periodista de CMD. «Está bien. Me animo», respondió su colega. «Me la juego por ti. ¡Va a haber otro gol!», exclamó. «¿Cuanto de tiempo adicional dio el arbitro?», preguntó otro. «Dio tres», respondió. Que los comentaristas estén claramente parcializados no es novedad, sucede en cualquier parte del mundo. Lo oímos —y nos quejamos— siempre de los comentaristas de la cadena FOX durante sus transmisiones de los partidos de la Copa Libertadores de América, más aún cuando en sus palabras no ocultan sus deseos que el equipo peruano que está jugando termine siendo el perdedor de la contienda. Paradójicamente, son los mismos periodistas que se quejan de esas conductas los que hacen lo mismo cuando comentan los partidos del fútbol doméstico. 
  Ahora, esto no es lo importante. Ellos pueden decir lo que quieran, sus comentarios,  —notorias preferencias y fanatismos— podrán atravesar el concreto de sus cabinas llegando a muchos de los rincones del país, pero no tendrán nunca influencia en los resultados. Lo lamentable de los sucedido el último sábado por la noche en el estadio Monumental de Ate, no fue lo comentado —que ya cansa— sino la actitud que tomó el arbitró del partido Albert Caballero, olvidándose del silbato que colocó entre sus labios en el minuto 92 para recién soplarlo en el minuto 96 tras el gol del chileno Alvarez que le dio el triunfo a su equipo cuando el partido estaba empatado a uno, como debió haber terminado. ¿Que sucedió? No lo sabemos. Lo único que sí sabemos es que le ha salido competencia al programa «Un minuto para ganar» conducido por Joanna San Miguel, curiosamente también los días sábados, pues ahora se sabe que en Ate pueden darte no uno ni tres, sino hasta seis minutos para ganar.
Que empiece el conteo.