jueves, 26 de mayo de 2011

El burro perdido (o viajero)


  
 Hace dos semanas presenté mi primer libro en «La noche» de Barranco, rodeado de  mi familia y varios amigos —a algunos no los veía hacía bastante tiempo—. Además de nerviosismo, e intensa alegría, una sensación depresiva se ubicó entre Carla Sagástegui —presentadora del libro— y yo.  Las historias que había empezado a imaginar en setiembre, a entrelazar en mi cabeza, y que terminaron de ser tejidas en enero y puestas finalmente sobre un papel marfileño a comienzos de abril, ahora ya no eran solo de mías, si no también pasaron a ser parte de las vidas de quienes estuvieron esa noche, parte de quienes luego en su casa, espero, lo leyeron. Sentí, asimismo, que me desprendía de esas historias, que ahora andarían paseándose por la ciudad. Y no solamente eso: quienes se llevaron un libro a sus casas, se habían llevado también una parte de mi y de mi mundo, podían echar ahora un vistazo a mi interior, y no podía evitar sentir un desgarro, una invasión. Me reconocí, sentado frente a ustedes, expuesto. Y estar dispuesto a esto, como diría el maestro Riberyo, «la tentación del fracaso», fue el primer paso, y más importante, para poder publicar, para mostrarme, para dar el salto.
 Y bueno, la pasamos bien, nos vimos, conversamos, y llevaron con ustedes algunas de mis historias, mis ideas, de mis pensamientos y emociones. Y fue muy importante para mi. Pero, lo que sucedió después de la presentación, cuando dejaba atrás «La Noche», lo que más me impactó: un borrachín, —asumo, por el aspecto—, al ver a mi mamá con varios ejemplares de mi libro en sus brazos, le pidió uno. Ella me miró extrañada, paralizada sin saber qué hacer. Nos miramos quedamos mirando por unos segundos. «¿Le doy uno?», me pregunté. Y así, tomé uno de los libros y se lo di.
 —Gracias —dijo sonriendo, y yo también sonreí.
Tambaleando, siguió su camino, por la larga avenida Bolognesi.
 —No se le puede negar a alguien un libro —me dijeron.
 Y más tarde, ya en mi casa, mientras pensaba en la presentación, en las bromas hacia los hermanos Carling, en los generosos comentarios de Carla, en las expresiones de afecto por parte de quienes estuvieron ahí, no podía evitar pensar en dónde andaría a parar aquel libro. Pues una cosa es cierto: no conozco las casas del total de quienes fueron, pero puedo imaginar que el libro podría terminar en manos de un amigo, de un primo, de un hermano, o en el estante de un escritorio. Y se moverá, digamos, dentro de un círculo conocido. En cambio, ese libro que regalé, no tengo la menor idea, después de dos semanas, de su posible ubicación. Si terminó en algún rincón del Metropolitano, en manos de un pasajero, en una mesa de un bar barranquino,  en algún tacho municipal o sencillamente, en donde fuera que sea su casa. No tengo idea dónde estará, ni qué será de ese ejemplar de «La plaza de los burros», pero me hace feliz pensar que sus historias viajan por algún lugar que no puedo si quiera imaginar.

jueves, 19 de mayo de 2011

Pregúntale a mi hermano *

*


Las primeras horas del año muchas veces traen consigo sucesos inesperados. Algunas veces estos son buenos, otras no tanto, si acaso la mezcla de la euforia con el alcohol entrampa al buen criterio. En casa de los Carling, este estaba presente la mayoría de las veces, funcionando cual reloj suizo: siempre perfectamente sincronizados. Las actividades las tenían repartidas de manera equitativa, aunque bien se sabe que eso rara vez resulta ser cierto. La edad pesaba, y a Patricio, —el menor de los tres hermanos—, le había tocado el último lugar de la cadena de mando, siendo la parte más débil. Al momento de distribuirse los tres paseos diarios del perro, solo por mencionar algún ejemplo, el menor de los Carling debía cumplir con cuatro de los siete turnos mañaneros de la semana. Dos eran cubiertos por Fernando y el restante por Alberto, el mayor. Los catorce restantes se racionaban arbitrariamente. Las reparticiones pueden resultar siendo equitativas, pero no siempre lo más justas. 
Otra particularidad en la casa de los Carling eran las constantes apuestas, donde participaban además de los tres hermanos, José, el padre. Los cuatro apostaban acerca de cualquier cosa, de los resultados del fútbol nacional e internacional, partidos de tenis, tiempo de permanencia en un trabajo, tiempo en que guardará mamá en sus labios el nuevo chisme de la cuadra, el clima, entre otras cosas. No siempre estas apuestas encontraron dinero al final de su desenlace: un corte hongo en pleno año dos mil cinco, comprar una enchilada vestido como mexicano —y hablando como uno— fueron algunas de las acciones que funcionaron alguna vez como manera de cobro.
Pero sin duda, acertar con el pronóstico de duración de un nuevo romance, si alguno de los tres lo comenzara, era lo más divertido, siendo la apuesta más esperada. «No, no va a durar nada», «no pasa de fiestas patrias», «no lo veo afanado, tres meses le dura», «le doy dos», «no, no, está vez le tiro medio año, parece que va en serio», «¿pasará fin de mes?, ¿cuánto das?»
La noche de fin de año, sorprendentemente traía consigo a un Patricio enamorado, rompiendo los pronósticos de mezquinos dos, tres y cinco meses de duración que le habían dado en un principio. Esto hizo que, una tarde de noviembre, se reeditara la apuesta: «Ya, ahora si, no pasa de año nuevo», dijo Alberto, mientras veían el fútbol en la tele en la sala. «Si pasa, si pasa, si no falta nada para fin de año», «no, vas a ver que no.» «Ya, ¿cuánto? ¿Veinte soles está bien?», propuso Fernando. «¿O tú sabes algo?», agregó. «Treinta.» «¿Qué hay?», preguntó Patricio al entrar. «Acá, apostando cuánto más vas a durar con Natalia?» «¿Y? ¿Cuánto más me echan?» «No se dice, tú sabes que no se dice.» «¿Contra quién juega? Lo gana el Madrid con dos de Ronaldo», dijo José, saliendo de la cocina. «Lo gana, pero hace uno no más.»
Minutos previos a la llegada del nuevo año, en la fiesta, Fernando recordó al resto el pago que debían hacerle al llegar la mañana, pues era un hecho que Patricio habría pasado la barra que el resto le había marcado. «¿Viste a Patricio?», preguntó José. «Nada viejo, lo vi cuando estábamos en la mesa, luego ya no, por ahí debe estar», respondió Fernando. «¿Por qué?, ¿ya se van?», preguntó. «No, aún nos quedamos un rato más. ¿Alberto?» «Se fue con Mariana como a las dos.»
Muy temprano, mientras Patricio caminaba rumbo a casa abatido por el ritmo de la juerga, Fernando acompañaba a su poco aceptada enamorada a su casa —de hecho, cuando recién salía con ella las apuestas en casa eran ventiladas con descaro, dándole un máximo de un mes de duración para que quede clara la poca aprobación que tenía—. Alberto, más curtido y tranquilo que los otros dos, dormía en casa de Mariana, su novia. La estabilidad que mostraba con ella había hecho que las apuestas sobre su relación cesaran hacía bastante tiempo al dejar de ser divertidas.
—¿Aló? —dijo Alberto, aún dormido.
—¡¿Tú quieres a Mariana?! —gritando al teléfono.
—¿Mamá?
—¡Dime Alberto!, ¡¿tu quieres a Mariana?!
—Mamá, mamá, ¿qué pasa?
—¡Respóndeme, ¿la quieres?! —preguntó, todavía enojada.
—Sí, mamá, claro que sí. ¿Qué pasa? ¿Por qué preguntas? Bueno, no lo sé, —tras escucharla— yo no he sido, pregúntale a Fernando, de repente ha sido él.
Alberto volvió a caer dormido después de reír buen rato con Mariana por lo que había sucedido en su casa. En tanto Fernando se acomodaba en el taxi, el cual pagó a regañadientes pues se sintió asaltado por el alto precio, Patricio seguía arrastrando su cuerpo tratando de llegar finalmente a su casa. Las tres cuadras que faltaban las encontraba interminables, veía su destino borroso y lejano, con esfuerzo lograba levantar su cabeza, pero no conseguía evitar que sus manos y su camisa se ensuciaran con el polvo de las paredes.
—¡Aló Fernando!
—¿Mamá?
—¡¿Cómo se te ocurre hacer eso?!
—¡¿Qué cosa?!
—¡¿Cómo se te ocurre?! ¡¿Dónde estás?!
—¡Mamá, yo no he sido!
—¿Entonces quien?
—¡Yo no sé! ¡Pregúntale a Alberto!
—¡Dice Alberto que él no ha sido!
—¡Bueno mamá, yo tampoco he sido!
Mientras Fernando y Alberto reían al teléfono, Patricio intentaba encontrar las llaves de la puerta del edificio en algún rincón de sus bolsillos. La llamada, además de interrumpir su búsqueda, interrumpió su borrachera.
—¡Patricio! ¡¿Cómo se te ocurre?!
—Mamá, ¿qué pasa?
—¡¿Cómo que qué pasa?! ¡Hay dos condones abiertos encima de mi mesa de noche!
«Este es un imbécil, ¿cómo la va a hacer en el cuarto de los viejos?», «debe haber estado todo volteado.» «Ya se cagó. La vieja está asadaza», dijo Fernando. «Bueno, por lo menos ahora tú flaca no será la más odiada», dijo Alberto. «Ya, ahora me pagas en el almuerzo.» «¿Tú cómo sabes que siguen?», preguntó. «¿Por qué no seguirían?» «Por la puta madre, tendré que entrar no más. Qué tal imbécil que soy…» Patricio se tomaba la cabeza, secaba su frente mojada por el nerviosismo, no tenía otra salida. «¿Cómo me voy a olvidar de botarlos?»
Con poca precisión, y esta vez no por los efectos del alcohol, introdujo la llave en la cerradura. Miró a su madre, quien lo esperaba en el sillón de la sala, saludó, y tras no encontrar palabras que sortearan la crisis, fue hacia su cuarto.
—Eres un imbécil —dijo Alberto.
—Estaba borrachazo. No me acuerdo un carajo.
—Tú sabes cómo es la vieja, ¿qué le dijiste?
—Que no fue con Natalia, que estaba recontra ebrio y me vine con otra.
—Bueno…
—Ni me mira —dijo Patricio, escondiendo una sonrisa.
—Ya Beto, paga no más.
—Caballero, toma.
—Ah papá, todavía me debes quince lucas del último partido del Madrid que Ronaldo solo metió un gol —dijo Fernando.
—¿Quién dice? ¿No lo ves acá sentado? Metió dos golazos —dijo José, dándole una palmada. Todos reían y Patricio solo sonreía, tapando sus ojos deseando estar en una pesadilla de la que pronto despertaría. Los pasos de su madre frenaron la risa de golpe.
—Ni me mira —dijo.
—Ya, a ver todos, nueva apuesta —dijo Fernando, llamando la atención de todos—. ¿Cuánto tiempo demora la vieja en hablarle de nuevo?


© Antonio Gazís Olivas.
* Cuento extraído del libro «La plaza de los burros» (Casatomada, 2011). 
* Ilustración de Otto Alegre.

miércoles, 11 de mayo de 2011

Guayabera

Graduación, sexto de primaria, 1996. El Tanque, Toño, el Gordo y el Cabezón. 

—¡Y ésta es la última vez! —rugió Vasallo, el jefe de normas educativas de apariencia amargada—. ¡No quiero volver a verlos con la camisa afuera! —exclamó, y comenzó a retirarse.
—Primero métetela tú —dijo el Gordo Fabricio.
Dos años después, ya cursando el tercer año de secundaria, el primer viernes de abril nos demostraba que aún traía consigo mañanas calurosas, que nos azotaban hasta empezada la tarde, las cuales solo eran aplacadas por el sonido liberador del timbre. Enfrentábamos la última hora, la más larga, y las autoridades la habían reservado para practicar, como cada año, el ejercicio de la democracia, debiendo cada salón elegir a un delegado. La Chata Delgado había sido elegida por la sección «B». Sus excelentes notas la respaldaban. En el aula «D», el deportista Carlos Suárez arrasó con cualquier otra propuesta. Hasta ahí, los hechos en las mencionadas aulas coincidieron con el sentido común. Pero, como sabemos, «en el Perú, el sentido común es el menos común de los sentidos»[1]; en el «A» tanto como en el «C» los desenlaces serían otros. En el «A», el Tanque Murillo fue elegido, y no por sus estupendas notas, como cualquiera hubiera pensado, sino para —y no se sorprenda— poder ver cómo era su madre. Resultaba que el Tanque era un ejemplar alumno, pero una ladilla comprobada una vez se encontraba fuera de las cuatro paredes.
Su elección, haciendo a un lado el hecho que fue confabulada por algunos, era válida pues ciertamente su registro académico funcionaba como escudo ante cualquier acusación en su contra. Caso contrario del Gordo Fabricio, quién, a pesar de vencer, (alzó los puños y dio un grito de libertad el cual atravesó las paredes del tercero «C») se debe decir que fue elegido simplemente por joder. El Gordo no reunía ninguno de los criterios para ser electo. No reunía nada que podría dar indicios de un buen manejo ni del aula ni de la promoción. Era revoltoso, subversivo, cargoso, conchudo, es decir, un desastre. El dolor de cabeza para la mayoría de los profesores, había ganado. Y los que lo elegimos —me incluyo entre ellos— estuvimos sonrientes. Por qué no, hasta felices. Realmente encontrábamos graciosa su nominación. Durante la ceremonia, la mayoría de los electores del «A» se vieron complacidos al ver cómo era la progenitora del Tanque, burlándose de él sin intentar pasar desapercibidos. Por otro lado, los electores del «C», reímos incrédulos al ver cómo el Gordo era decorado con la banda marrón. Los cuatro representantes la lucían orgullosos, pero solo dos de ellos nos hacían reír; y la risa, en el colegio, lo es todo. Al final, ninguno de los dos pudo derrotar la popularidad de Suárez, quien fue elegido presidente de la promoción una semana después. El Tanque y el Gordo, quienes eran —y aún son— grandes amigos míos desde la infancia, volvieron, tras los comicios, a su conducta normal: a buscarse en los cambios de hora en los baños a escupirse, a gastarse venenosas bromas, a ser inseparables. Suárez presidió como todos los que lo hicieron antes: mediocremente. Teníamos ya quince años, no éramos más unos niños y elegíamos así, en gran parte, a nuestros representantes: algunos, para nuestro regocijo, otros,
 sencillamente por joder.
—¡Esto no es una camisa! —gritó Vasallo, volviendo al centro del aula del primero «C»—. ¡Es una guayabera y así se usa!¡¿Quién ha dicho eso?! —bramó, y el sepulcral silencio hizo que no le quedara más que seguir su camino.




[1] Juan Luis Orrego, profesor de la Católica, en una clase de historia del Perú en el año dos mil cinco.
*La foto de arriba también es por joder: no tiene nada que ver con el texto, y los personajes, ficticios, de hecho.