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Las primeras horas del año muchas veces traen consigo sucesos inesperados. Algunas veces estos son buenos, otras no tanto, si acaso la mezcla de la euforia con el alcohol entrampa al buen criterio. En casa de los Carling, este estaba presente la mayoría de las veces, funcionando cual reloj suizo: siempre perfectamente sincronizados. Las actividades las tenían repartidas de manera equitativa, aunque bien se sabe que eso rara vez resulta ser cierto. La edad pesaba, y a Patricio, —el menor de los tres hermanos—, le había tocado el último lugar de la cadena de mando, siendo la parte más débil. Al momento de distribuirse los tres paseos diarios del perro, solo por mencionar algún ejemplo, el menor de los Carling debía cumplir con cuatro de los siete turnos mañaneros de la semana. Dos eran cubiertos por Fernando y el restante por Alberto, el mayor. Los catorce restantes se racionaban arbitrariamente. Las reparticiones pueden resultar siendo equitativas, pero no siempre lo más justas.
Otra particularidad en la casa de los Carling eran las constantes apuestas, donde participaban además de los tres hermanos, José, el padre. Los cuatro apostaban acerca de cualquier cosa, de los resultados del fútbol nacional e internacional, partidos de tenis, tiempo de permanencia en un trabajo, tiempo en que guardará mamá en sus labios el nuevo chisme de la cuadra, el clima, entre otras cosas. No siempre estas apuestas encontraron dinero al final de su desenlace: un corte hongo en pleno año dos mil cinco, comprar una enchilada vestido como mexicano —y hablando como uno— fueron algunas de las acciones que funcionaron alguna vez como manera de cobro.
Pero sin duda, acertar con el pronóstico de duración de un nuevo romance, si alguno de los tres lo comenzara, era lo más divertido, siendo la apuesta más esperada. «No, no va a durar nada», «no pasa de fiestas patrias», «no lo veo afanado, tres meses le dura», «le doy dos», «no, no, está vez le tiro medio año, parece que va en serio», «¿pasará fin de mes?, ¿cuánto das?»
La noche de fin de año, sorprendentemente traía consigo a un Patricio enamorado, rompiendo los pronósticos de mezquinos dos, tres y cinco meses de duración que le habían dado en un principio. Esto hizo que, una tarde de noviembre, se reeditara la apuesta: «Ya, ahora si, no pasa de año nuevo», dijo Alberto, mientras veían el fútbol en la tele en la sala. «Si pasa, si pasa, si no falta nada para fin de año», «no, vas a ver que no.» «Ya, ¿cuánto? ¿Veinte soles está bien?», propuso Fernando. «¿O tú sabes algo?», agregó. «Treinta.» «¿Qué hay?», preguntó Patricio al entrar. «Acá, apostando cuánto más vas a durar con Natalia?» «¿Y? ¿Cuánto más me echan?» «No se dice, tú sabes que no se dice.» «¿Contra quién juega? Lo gana el Madrid con dos de Ronaldo», dijo José, saliendo de la cocina. «Lo gana, pero hace uno no más.»
Minutos previos a la llegada del nuevo año, en la fiesta, Fernando recordó al resto el pago que debían hacerle al llegar la mañana, pues era un hecho que Patricio habría pasado la barra que el resto le había marcado. «¿Viste a Patricio?», preguntó José. «Nada viejo, lo vi cuando estábamos en la mesa, luego ya no, por ahí debe estar», respondió Fernando. «¿Por qué?, ¿ya se van?», preguntó. «No, aún nos quedamos un rato más. ¿Alberto?» «Se fue con Mariana como a las dos.»
Muy temprano, mientras Patricio caminaba rumbo a casa abatido por el ritmo de la juerga, Fernando acompañaba a su poco aceptada enamorada a su casa —de hecho, cuando recién salía con ella las apuestas en casa eran ventiladas con descaro, dándole un máximo de un mes de duración para que quede clara la poca aprobación que tenía—. Alberto, más curtido y tranquilo que los otros dos, dormía en casa de Mariana, su novia. La estabilidad que mostraba con ella había hecho que las apuestas sobre su relación cesaran hacía bastante tiempo al dejar de ser divertidas.
—¿Aló? —dijo Alberto, aún dormido.
—¡¿Tú quieres a Mariana?! —gritando al teléfono.
—¿Mamá?
—¡Dime Alberto!, ¡¿tu quieres a Mariana?!
—Mamá, mamá, ¿qué pasa?
—¡Respóndeme, ¿la quieres?! —preguntó, todavía enojada.
—Sí, mamá, claro que sí. ¿Qué pasa? ¿Por qué preguntas? Bueno, no lo sé, —tras escucharla— yo no he sido, pregúntale a Fernando, de repente ha sido él.
Alberto volvió a caer dormido después de reír buen rato con Mariana por lo que había sucedido en su casa. En tanto Fernando se acomodaba en el taxi, el cual pagó a regañadientes pues se sintió asaltado por el alto precio, Patricio seguía arrastrando su cuerpo tratando de llegar finalmente a su casa. Las tres cuadras que faltaban las encontraba interminables, veía su destino borroso y lejano, con esfuerzo lograba levantar su cabeza, pero no conseguía evitar que sus manos y su camisa se ensuciaran con el polvo de las paredes.
—¡Aló Fernando!
—¿Mamá?
—¡¿Cómo se te ocurre hacer eso?!
—¡¿Qué cosa?!
—¡¿Cómo se te ocurre?! ¡¿Dónde estás?!
—¡Mamá, yo no he sido!
—¿Entonces quien?
—¡Yo no sé! ¡Pregúntale a Alberto!
—¡Dice Alberto que él no ha sido!
—¡Bueno mamá, yo tampoco he sido!
Mientras Fernando y Alberto reían al teléfono, Patricio intentaba encontrar las llaves de la puerta del edificio en algún rincón de sus bolsillos. La llamada, además de interrumpir su búsqueda, interrumpió su borrachera.
—¡Patricio! ¡¿Cómo se te ocurre?!
—Mamá, ¿qué pasa?
—¡¿Cómo que qué pasa?! ¡Hay dos condones abiertos encima de mi mesa de noche!
«Este es un imbécil, ¿cómo la va a hacer en el cuarto de los viejos?», «debe haber estado todo volteado.» «Ya se cagó. La vieja está asadaza», dijo Fernando. «Bueno, por lo menos ahora tú flaca no será la más odiada», dijo Alberto. «Ya, ahora me pagas en el almuerzo.» «¿Tú cómo sabes que siguen?», preguntó. «¿Por qué no seguirían?» «Por la puta madre, tendré que entrar no más. Qué tal imbécil que soy…» Patricio se tomaba la cabeza, secaba su frente mojada por el nerviosismo, no tenía otra salida. «¿Cómo me voy a olvidar de botarlos?»
Con poca precisión, y esta vez no por los efectos del alcohol, introdujo la llave en la cerradura. Miró a su madre, quien lo esperaba en el sillón de la sala, saludó, y tras no encontrar palabras que sortearan la crisis, fue hacia su cuarto.
—Eres un imbécil —dijo Alberto.
—Estaba borrachazo. No me acuerdo un carajo.
—Tú sabes cómo es la vieja, ¿qué le dijiste?
—Que no fue con Natalia, que estaba recontra ebrio y me vine con otra.
—Bueno…
—Ni me mira —dijo Patricio, escondiendo una sonrisa.
—Ya Beto, paga no más.
—Caballero, toma.
—Ah papá, todavía me debes quince lucas del último partido del Madrid que Ronaldo solo metió un gol —dijo Fernando.
—¿Quién dice? ¿No lo ves acá sentado? Metió dos golazos —dijo José, dándole una palmada. Todos reían y Patricio solo sonreía, tapando sus ojos deseando estar en una pesadilla de la que pronto despertaría. Los pasos de su madre frenaron la risa de golpe.
—Ni me mira —dijo.
—Ya, a ver todos, nueva apuesta —dijo Fernando, llamando la atención de todos—. ¿Cuánto tiempo demora la vieja en hablarle de nuevo?
© Antonio Gazís Olivas.
* Cuento extraído del libro «La plaza de los burros» (Casatomada, 2011).
* Ilustración de Otto Alegre.