Graduación, sexto de primaria, 1996. El Tanque, Toño, el Gordo y el Cabezón.
—¡Y ésta es la última vez! —rugió Vasallo, el jefe de normas educativas de apariencia amargada—. ¡No quiero volver a verlos con la camisa afuera! —exclamó, y comenzó a retirarse.
—Primero métetela tú —dijo el Gordo Fabricio.
Dos años después, ya cursando el tercer año de secundaria, el primer viernes de abril nos demostraba que aún traía consigo mañanas calurosas, que nos azotaban hasta empezada la tarde, las cuales solo eran aplacadas por el sonido liberador del timbre. Enfrentábamos la última hora, la más larga, y las autoridades la habían reservado para practicar, como cada año, el ejercicio de la democracia, debiendo cada salón elegir a un delegado. La Chata Delgado había sido elegida por la sección «B». Sus excelentes notas la respaldaban. En el aula «D», el deportista Carlos Suárez arrasó con cualquier otra propuesta. Hasta ahí, los hechos en las mencionadas aulas coincidieron con el sentido común. Pero, como sabemos, «en el Perú, el sentido común es el menos común de los sentidos»[1]; en el «A» tanto como en el «C» los desenlaces serían otros. En el «A», el Tanque Murillo fue elegido, y no por sus estupendas notas, como cualquiera hubiera pensado, sino para —y no se sorprenda— poder ver cómo era su madre. Resultaba que el Tanque era un ejemplar alumno, pero una ladilla comprobada una vez se encontraba fuera de las cuatro paredes.
Su elección, haciendo a un lado el hecho que fue confabulada por algunos, era válida pues ciertamente su registro académico funcionaba como escudo ante cualquier acusación en su contra. Caso contrario del Gordo Fabricio, quién, a pesar de vencer, (alzó los puños y dio un grito de libertad el cual atravesó las paredes del tercero «C») se debe decir que fue elegido simplemente por joder. El Gordo no reunía ninguno de los criterios para ser electo. No reunía nada que podría dar indicios de un buen manejo ni del aula ni de la promoción. Era revoltoso, subversivo, cargoso, conchudo, es decir, un desastre. El dolor de cabeza para la mayoría de los profesores, había ganado. Y los que lo elegimos —me incluyo entre ellos— estuvimos sonrientes. Por qué no, hasta felices. Realmente encontrábamos graciosa su nominación. Durante la ceremonia, la mayoría de los electores del «A» se vieron complacidos al ver cómo era la progenitora del Tanque, burlándose de él sin intentar pasar desapercibidos. Por otro lado, los electores del «C», reímos incrédulos al ver cómo el Gordo era decorado con la banda marrón. Los cuatro representantes la lucían orgullosos, pero solo dos de ellos nos hacían reír; y la risa, en el colegio, lo es todo. Al final, ninguno de los dos pudo derrotar la popularidad de Suárez, quien fue elegido presidente de la promoción una semana después. El Tanque y el Gordo, quienes eran —y aún son— grandes amigos míos desde la infancia, volvieron, tras los comicios, a su conducta normal: a buscarse en los cambios de hora en los baños a escupirse, a gastarse venenosas bromas, a ser inseparables. Suárez presidió como todos los que lo hicieron antes: mediocremente. Teníamos ya quince años, no éramos más unos niños y elegíamos así, en gran parte, a nuestros representantes: algunos, para nuestro regocijo, otros, sencillamente por joder.
Su elección, haciendo a un lado el hecho que fue confabulada por algunos, era válida pues ciertamente su registro académico funcionaba como escudo ante cualquier acusación en su contra. Caso contrario del Gordo Fabricio, quién, a pesar de vencer, (alzó los puños y dio un grito de libertad el cual atravesó las paredes del tercero «C») se debe decir que fue elegido simplemente por joder. El Gordo no reunía ninguno de los criterios para ser electo. No reunía nada que podría dar indicios de un buen manejo ni del aula ni de la promoción. Era revoltoso, subversivo, cargoso, conchudo, es decir, un desastre. El dolor de cabeza para la mayoría de los profesores, había ganado. Y los que lo elegimos —me incluyo entre ellos— estuvimos sonrientes. Por qué no, hasta felices. Realmente encontrábamos graciosa su nominación. Durante la ceremonia, la mayoría de los electores del «A» se vieron complacidos al ver cómo era la progenitora del Tanque, burlándose de él sin intentar pasar desapercibidos. Por otro lado, los electores del «C», reímos incrédulos al ver cómo el Gordo era decorado con la banda marrón. Los cuatro representantes la lucían orgullosos, pero solo dos de ellos nos hacían reír; y la risa, en el colegio, lo es todo. Al final, ninguno de los dos pudo derrotar la popularidad de Suárez, quien fue elegido presidente de la promoción una semana después. El Tanque y el Gordo, quienes eran —y aún son— grandes amigos míos desde la infancia, volvieron, tras los comicios, a su conducta normal: a buscarse en los cambios de hora en los baños a escupirse, a gastarse venenosas bromas, a ser inseparables. Suárez presidió como todos los que lo hicieron antes: mediocremente. Teníamos ya quince años, no éramos más unos niños y elegíamos así, en gran parte, a nuestros representantes: algunos, para nuestro regocijo, otros, sencillamente por joder.
—¡Esto no es una camisa! —gritó Vasallo, volviendo al centro del aula del primero «C»—. ¡Es una guayabera y así se usa!¡¿Quién ha dicho eso?! —bramó, y el sepulcral silencio hizo que no le quedara más que seguir su camino.
[1] Juan Luis Orrego, profesor de la Católica, en una clase de historia del Perú en el año dos mil cinco.
*La foto de arriba también es por joder: no tiene nada que ver con el texto, y los personajes, ficticios, de hecho.
*La foto de arriba también es por joder: no tiene nada que ver con el texto, y los personajes, ficticios, de hecho.

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