miércoles, 27 de abril de 2011

De Blackberrys y otras cosas sin importancia


  Son dos cosas las que nunca haré en la vida, y estas, —a pesar de no tener una aparente lógica—, creo sí que secretamente guardan una relación. La primera que nunca haré será comprarme un Blackberry (o algún teléfono con acceso a Internet), sellando así mi encarcelamiento en el mundo de las ansiedades virtuales. Lo segundo que nunca haré será darle mi voto a Keiko Fujimori. ¿Qué tiene que ver una con la otra? Pues, como mencioné anteriormente, probablemente no haya relación —al menos a primera vista— entre la primera y segunda afirmación (o más bien, par de negaciones). Antes, algunas aclaraciones. Ni tener un Blackberry ni votar por Keiko Fujimori convierten a una persona en una malvada ni mucho menos pérfida. Segundo, no concluyo que todos los que tienen un «Bb» —graciosa y curiosa reducción—le darán su voto a Fujimori, pues no tengo el dato estadístico para hacer una afirmación de ese tipo. Menos aún podría inferir que los votantes de Fujimori cuentan en su totalidad con un Blackberry, pues parte de ese porcentaje se encuentra en la pobreza extrema, por lo que sería irracional pensar y afirmar algo así.  Sin embargo, algo me dice que sí existe una relación, y pensar que los entusiastas usuarios de los «Bb» le darán su voto no resulta una disparada idea. Estos usuarios, además de arruinarnos momentos como los que pasábamos horas tratando de recordar el nombre de cierto porcentaje de un dibujo animado con un rápido y preciso googleo, —el otro día pasé buen rato con un grupo de amigos tratando de dar con el nombre del perro de Tintín, «¿cómo se llamaba?», «nada, no me acuerdo», «lo tengo en la punta de la lengua»,— quienes lo usan en tanto conversan con nosotros, nos hacen sentir que, sencillamente, mucho no importamos. Les aseguro que alguna vez han estado en una situación como la siguiente: suben la cabeza, alzan la mirada, la vuelven a bajar, nos miran, nuevamente hacia abajo, luego asienten mostrándonos el lóbulo parietal, ensayan sonidos y susurros buscando convencernos que sí nos están escuchando, la vuelven a subir, luego a bajar para finalmente volverla a enterrar, sumergiéndola en la zona touch screen. Es decir, un carajo lo que me estás diciendo. Es decir, yo no me despego de mi auto-complacencia ni de mi constante auto-gratificación, no postergando la actualización de mi CNN personal, para escuchar lo que tienes que decir. ¿Coincidencias? ¿Algo parecido? ¿Familiar? Pues sí. En mucho menor escala, como sabemos algunos, —pues más del 23% lo olvidó (o no le importó, en realidad)—, el desinterés y el atropello son conductas arraigadas, enraizadas en las bases de la mecánica fujimorista: no me importa los que me rodean, haciendo lo que me beneficie a mi. Ligo trompas, me siento en los derechos humanos, amenazo, cierro de congreso, allano casas, me llevo maletas enteras con millones de dólares. Me importas tan poco que renuncio, nada menos que, desde la lejanía del Japón y por fax.
  A pesar de ser evidente, es importante repetir, por si acaso, que el tener un Blackberry no conducirá a las personas al destino desdichado de las conductas —o atropellos— recién mencionadas. Es por eso que, entonces, digamos que se trata de una intuición, de un latido, de un no sé qué, el que me dice que quienes miran más al aparato que abrigan en sus manos que al amigo (o persona) que tienen en frente le darán su voto a la mafia fujimorista, a los Rodriguez Medrano, a los setenta y ocho personajes del gobierno de los noventa que ahora cumplen sus penas tras las rejas, reinagurando así la salita del SIN.
  Varios de mis amigos utilizan la dichosa tecnología, y no por eso los estimo menos. Y ahora, pensando en ellos, recordándolos con sus «bbs», como dije, no sé porqué pero no tengo dudas en que votarán para restablecer la dictadura más espantosa que ha habido jamás en este país. A pesar de eso, no los estimo menos. 
  Es cierto que dicen que uno nunca debe decir nunca, pues no sé sabe qué situaciones podría tener uno en frente en el futuro, pero esos márgenes —los de locura sana— los dejaré para ciertas aventuras, sin duda más divertidas y gratas, las cuales, a fin de cuentas, no sé si aceptaré o no. En cuanto a lo anterior, sí puedo afirmarlo sin temor: nunca tendré un Blackberry. Ni nunca le daré mi voto a Keiko. Ahora pon tu dedo sobre la pantalla, deslízalo hasta la esquina derecha y dale un golpecito sobre la «x», y luego anda y marca la K, manchándote las manos con sangre.


  Milu, se llama el perro de Tintín. 
   
  

martes, 5 de abril de 2011

Tranquilo, aún.



  Emocionado de ir al Perú, eligió el bajo con el que se revelaría tras el explosionar de las luces y no sería pensado más como un mito ni como una ilusión. Pensó en qué canción emocionaría más, qué canción podría ser la que marcara el camino de tamaña reunión, y tras unos segundos, la eligió calmado, ensayando una sonrisa.
—Me dijeron que un grupo de comunistas había preparado un ataque contra mi —se sienta en su sillón, destapa una cerveza Carlos—. Pero todo eso fue una mentira, just shit.
—¿Y te sacaron así no más?
—Sí —apura el sorbo, acomoda sus pies Carlos—. Ni bien llegué me subieron al avión y ya estaba de nuevo en Estados Unidos.
—Mierda. ¿Y por qué fue eso?
—Por la dictadura militar pues. Juan Velasco Alvarado, nunca voy a olvidar su nombre. Me tildó de mal ejemplo para los jóvenes —hace gesto de comillas con los dedos, mira hacia los lados, no olvida—. Bajé del avión sin camisa y con el pelo como lo usaba en esa época... y me mandaron de regreso.
—Qué ganas de joder las tuyas —dijo Paul.
—Sí. Bueno, tú me conoces. Me joden las opresiones —eructa, toma otro sorbo, se acomoda el pelo Carlos—. Pero fui hace como cuatro años y todo bien, gran concierto, la gente es chévere, me hicieron homenajes, todo esa vaina —agregó.
  Paul miró un papel que le alcanzaron. Leyó que el día de mañana las entradas saldrían a la venta en Lima, que la gente conmocionada formaría interminables colas con tal de conseguir uno de los boletos que les permitan hacer un puente entre el pasado y el presente.
—Pero no te preocupes hermano —trató de tranquilizar, calmó su sed Carlos Santana—. ¿Cuando es la fecha del concierto?
—El 9 de mayo, en un mes.
—Ah, todo tranquilo Paul —truena sus dedos, acomoda su pelo—. La dictadura en Perú empieza todavía el 28 de Julio.

lunes, 4 de abril de 2011

No uno, ni tres. Seis.




  «Entre Fano, García y Alva, tienen alrededor de 400 goles en la primera división, Anímate», fueron las palabras de un periodista de CMD. «Está bien. Me animo», respondió su colega. «Me la juego por ti. ¡Va a haber otro gol!», exclamó. «¿Cuanto de tiempo adicional dio el arbitro?», preguntó otro. «Dio tres», respondió. Que los comentaristas estén claramente parcializados no es novedad, sucede en cualquier parte del mundo. Lo oímos —y nos quejamos— siempre de los comentaristas de la cadena FOX durante sus transmisiones de los partidos de la Copa Libertadores de América, más aún cuando en sus palabras no ocultan sus deseos que el equipo peruano que está jugando termine siendo el perdedor de la contienda. Paradójicamente, son los mismos periodistas que se quejan de esas conductas los que hacen lo mismo cuando comentan los partidos del fútbol doméstico. 
  Ahora, esto no es lo importante. Ellos pueden decir lo que quieran, sus comentarios,  —notorias preferencias y fanatismos— podrán atravesar el concreto de sus cabinas llegando a muchos de los rincones del país, pero no tendrán nunca influencia en los resultados. Lo lamentable de los sucedido el último sábado por la noche en el estadio Monumental de Ate, no fue lo comentado —que ya cansa— sino la actitud que tomó el arbitró del partido Albert Caballero, olvidándose del silbato que colocó entre sus labios en el minuto 92 para recién soplarlo en el minuto 96 tras el gol del chileno Alvarez que le dio el triunfo a su equipo cuando el partido estaba empatado a uno, como debió haber terminado. ¿Que sucedió? No lo sabemos. Lo único que sí sabemos es que le ha salido competencia al programa «Un minuto para ganar» conducido por Joanna San Miguel, curiosamente también los días sábados, pues ahora se sabe que en Ate pueden darte no uno ni tres, sino hasta seis minutos para ganar.
Que empiece el conteo.