Hace dos semanas presenté mi primer libro en «La noche» de Barranco, rodeado de mi familia y varios amigos —a algunos no los veía hacía bastante tiempo—. Además de nerviosismo, e intensa alegría, una sensación depresiva se ubicó entre Carla Sagástegui —presentadora del libro— y yo. Las historias que había empezado a imaginar en setiembre, a entrelazar en mi cabeza, y que terminaron de ser tejidas en enero y puestas finalmente sobre un papel marfileño a comienzos de abril, ahora ya no eran solo de mías, si no también pasaron a ser parte de las vidas de quienes estuvieron esa noche, parte de quienes luego en su casa, espero, lo leyeron. Sentí, asimismo, que me desprendía de esas historias, que ahora andarían paseándose por la ciudad. Y no solamente eso: quienes se llevaron un libro a sus casas, se habían llevado también una parte de mi y de mi mundo, podían echar ahora un vistazo a mi interior, y no podía evitar sentir un desgarro, una invasión. Me reconocí, sentado frente a ustedes, expuesto. Y estar dispuesto a esto, como diría el maestro Riberyo, «la tentación del fracaso», fue el primer paso, y más importante, para poder publicar, para mostrarme, para dar el salto.
Y bueno, la pasamos bien, nos vimos, conversamos, y llevaron con ustedes algunas de mis historias, mis ideas, de mis pensamientos y emociones. Y fue muy importante para mi. Pero, lo que sucedió después de la presentación, cuando dejaba atrás «La Noche», lo que más me impactó: un borrachín, —asumo, por el aspecto—, al ver a mi mamá con varios ejemplares de mi libro en sus brazos, le pidió uno. Ella me miró extrañada, paralizada sin saber qué hacer. Nos miramos quedamos mirando por unos segundos. «¿Le doy uno?», me pregunté. Y así, tomé uno de los libros y se lo di.
—Gracias —dijo sonriendo, y yo también sonreí.
Tambaleando, siguió su camino, por la larga avenida Bolognesi.
—No se le puede negar a alguien un libro —me dijeron.
Y más tarde, ya en mi casa, mientras pensaba en la presentación, en las bromas hacia los hermanos Carling, en los generosos comentarios de Carla, en las expresiones de afecto por parte de quienes estuvieron ahí, no podía evitar pensar en dónde andaría a parar aquel libro. Pues una cosa es cierto: no conozco las casas del total de quienes fueron, pero puedo imaginar que el libro podría terminar en manos de un amigo, de un primo, de un hermano, o en el estante de un escritorio. Y se moverá, digamos, dentro de un círculo conocido. En cambio, ese libro que regalé, no tengo la menor idea, después de dos semanas, de su posible ubicación. Si terminó en algún rincón del Metropolitano, en manos de un pasajero, en una mesa de un bar barranquino, en algún tacho municipal o sencillamente, en donde fuera que sea su casa. No tengo idea dónde estará, ni qué será de ese ejemplar de «La plaza de los burros», pero me hace feliz pensar que sus historias viajan por algún lugar que no puedo si quiera imaginar.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario