No la conozco, no sé quien es, pero no me temblaría la mano si tuviera que darle mi voto. No me darían nauseas, ni mucho menos arcadas. No sé cuantos años tiene. Tampoco sé —ni me importa, en realidad— si tiene hermanos, o hijos, si es casada o soltera. O tramposa, quién sabe. Menos sé quienes son sus padres o amigos, ni que hacen o hicieron por la vida, si son buenas personas o cometieron delitos. Solo sé, a mi juicio —y los que me conocen, saben que no soy un fanático de las orientales, sino menciónenme a la actriz de Gray's Anatomy y la que me da— que es hermosa. Por la foto puedo intuir que se trata de una modelo, talvez una actriz. ¿Es buena? ¿Habrá hecho muchas películas? ¿O series? No lo sé, aún no entré a Wikipedia. Pero, ¿dudarían ustedes que es, al menos, podría ser una buena persona? ¿Podría un ser con tan mágica mirada albergar en su interior al mismo demonio? No lo sé, pero no lo creo. Sin embargo, es un hecho que las apariencias engañan, y como diría Rubén Blades, «se ven las caras, pero nunca el corazón.» Entonces, para verlo, no nos queda más que analizar los actos concretos de las personas. Keiko Fujimori fue la primera dama durante la dictadura de su padre, dictadura que, en conclusión, no respetó al pueblo peruano. Y claro, dicen que era muy joven y que tal cargo no es significativo. Yo tengo veintiséis años, uno más que ella cuando su padre renunció por fax. Uno más que ella cuando apoyó la tercera elección de su padre. Es decir, uno más que, cuando apoyándolo, reivindicó la permanencia de su padre en el poder. ¿No llora el niño de dos años que ve a su padre maltratar a su madre? Pues ella no, con más de veinte se mantuvo al lado del abusador. No reconozco, a los treinta y cinco años, que coimear, secuestrar, extorsionar, esterilizar sin consentimiento, torturar, y asesinar son simplemente «excesos», y que, son «cosas» que estuvieron mal.
¿Y el otro, no es igual? No lo sé, al igual que la chica de la foto. No me consta, en todo caso. Al menos no reivindicó a su hermano, como si lo hizo Keiko con su padre. Como lo sigue haciendo, hasta el día de hoy. ¡Pero es Ollanta!, dirán algunos. Sí, es Ollanta, y le daré mi voto, porque no tiene un equipo de mierda, una sarta de ladrones que considera a la Diroes la meca del fujimorismo, un equipo que se jacta de haber matado menos, una mafia que amenaza jueces, tal como el discurso de la madre que le dice a su hijo, «ay carajo, espérate, ya vas a ver cuando venga tú padre.» Qué miedo, en verdad, con ese padre. Un gobierno que nos quiere esterilizar la libertad, el pensamiento y la dignidad. Montesinos, gracias por mostrarnos la basura que gobernó el país durante diez años, y que se quiso quedar por más tiempo. Gracias por mostrarnos el corazón de los que ahora quieren volver, de los que quieren hacer del Perú nuevamente una salita del SIN. ¿Qué ella no es su padre? Pues, en físico, obviamente no, pero en corazón, sí lo es.
¿Y el otro, no es igual? No lo sé, al igual que la chica de la foto. No me consta, en todo caso. Al menos no reivindicó a su hermano, como si lo hizo Keiko con su padre. Como lo sigue haciendo, hasta el día de hoy. ¡Pero es Ollanta!, dirán algunos. Sí, es Ollanta, y le daré mi voto, porque no tiene un equipo de mierda, una sarta de ladrones que considera a la Diroes la meca del fujimorismo, un equipo que se jacta de haber matado menos, una mafia que amenaza jueces, tal como el discurso de la madre que le dice a su hijo, «ay carajo, espérate, ya vas a ver cuando venga tú padre.» Qué miedo, en verdad, con ese padre. Un gobierno que nos quiere esterilizar la libertad, el pensamiento y la dignidad. Montesinos, gracias por mostrarnos la basura que gobernó el país durante diez años, y que se quiso quedar por más tiempo. Gracias por mostrarnos el corazón de los que ahora quieren volver, de los que quieren hacer del Perú nuevamente una salita del SIN. ¿Qué ella no es su padre? Pues, en físico, obviamente no, pero en corazón, sí lo es.
La hermosura de la foto se llama Keiko Kitagawa, modelo y actriz japonesa. Es a la única Keiko que le daría mi voto. Sin conocerla, porque a la otra, a la de apellido Fujimori, ya la conozco.
