Algunas personas pasan de héroes a villanos en cuestión de minutos, de segundos. O de villanos a héroes. En el deporte esto puede verse no solo con mayor claridad, sino que se vive de manera más intensa, dado que la competencia se da dentro de un marco en el cual podemos observar y vivir todo lo que ocurre —más en estos días donde la tecnología nos permite capturar los hasta los mínimos detalles—: los estadios. Un delantero falla una ocasión increíble, luego anota, luego es expulsado. Un zaguero viene cerrando bien su zona y de pronto comete un penal. En los siguientes minutos pisa área rival y nos hace gritar gol. Las acciones en el deporte son demasiado condicionantes para ser visto o como héroe o como villano en determinados momentos. Pero más allá de eso, lo héroes, al igual que los villanos, a pesar de sus aciertos o errores, pueden ser siempre respetados, cuando se hacen los balances. En estos días nadie ha dejado de reconocer lo importante de Juan Vargas en la selección, a pesar del codazo al uruguayo Coates y así restarle con ese entrañable impacto oportunidades a Perú de empatar el partido. El respeto hacia el no se ha perdido, mucho menos la admiración. Me parece que son pocas la acciones por las que una persona puede perder su condición de admirado, y creo que nada le molesta más a la gente cuando percibe sin necesidad de una lupa o de ver la jugada en cámara lenta las repercusión del dinero en las motivaciones y por ende en las acciones.
Así es como Juan Carlos Oblitas, héroe de tantas jornadas, siempre profesional, responsable y maravilloso puntero izquierdo sin ninguna duda, abandonó su condición de héroe en 40 segundos abogando por las abusivas mineras cuando a la pelota se le había dado un receso. Ante el Perú entero, en vivo y en directo. No fueron suficientes los quince minutos de descanso para olvidarlo. Cuando volvió a rodar la pelota, le encajaron dos goles a Perú, y esa derrota no dolió tanto como la de Oblitas.
No tuve la oportunidad de verlo jugar. Como todos los de mi generación, sabemos de su calidad como la de otros genios solo a través de los videos de youtube. Lo recordamos más porque en el año 98 casi nos pone de nuevo en un mundial, pero Chile con una goleada nos sacó de la cita. Hoy, con un autogol, se borra del podio y se corta la cabeza frente a todo el país, que lo vio rendirse ante una billetera, alegando tristemente a un sentimiento anti-chileno. Nada más ingrato que un vendido. Hiciste que admire mucho más al Cholo Sotil quien prendía los puros con billetes de cien dólares y hoy tiene que lucharla para los fósforos. O a Valeriano que pedía un pedazo de pescado en el mercado del Callao y se iba sin pagarlo, caminando lentamente. O tantos otros que sucumbieron ante sus propios demonios terminando solos, débiles, demostrando que la plata es la que te rodea de gente. Dicen que en algunos partidos se te caían los lentes de contacto, los recuperabas en medio pasto y la volvías a mandar al fondo del arco. Hoy parece que no solo perdiste el sentido de la vista. Juan Carlos, cuando ponía tu nombre en Google lo primero que aparecía era la notable «chalaca» con la que hiciste delirar al pueblo peruano, poniéndolo dentro del arco chileno. Hoy tu más hermoso gol aparece relegado en los últimos lugares de las visitas. Cuando los chicos quieran saber quien fuiste, solo podrán saber en quien te convertiste: ni si quiera un villano. Prefiero juerguero a vendido. Prefiero irresponsable a mercenario.
No tuve la oportunidad de verlo jugar. Como todos los de mi generación, sabemos de su calidad como la de otros genios solo a través de los videos de youtube. Lo recordamos más porque en el año 98 casi nos pone de nuevo en un mundial, pero Chile con una goleada nos sacó de la cita. Hoy, con un autogol, se borra del podio y se corta la cabeza frente a todo el país, que lo vio rendirse ante una billetera, alegando tristemente a un sentimiento anti-chileno. Nada más ingrato que un vendido. Hiciste que admire mucho más al Cholo Sotil quien prendía los puros con billetes de cien dólares y hoy tiene que lucharla para los fósforos. O a Valeriano que pedía un pedazo de pescado en el mercado del Callao y se iba sin pagarlo, caminando lentamente. O tantos otros que sucumbieron ante sus propios demonios terminando solos, débiles, demostrando que la plata es la que te rodea de gente. Dicen que en algunos partidos se te caían los lentes de contacto, los recuperabas en medio pasto y la volvías a mandar al fondo del arco. Hoy parece que no solo perdiste el sentido de la vista. Juan Carlos, cuando ponía tu nombre en Google lo primero que aparecía era la notable «chalaca» con la que hiciste delirar al pueblo peruano, poniéndolo dentro del arco chileno. Hoy tu más hermoso gol aparece relegado en los últimos lugares de las visitas. Cuando los chicos quieran saber quien fuiste, solo podrán saber en quien te convertiste: ni si quiera un villano. Prefiero juerguero a vendido. Prefiero irresponsable a mercenario.

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