Son dos cosas las que nunca haré en la vida, y estas, —a pesar de no tener una aparente lógica—, creo sí que secretamente guardan una relación. La primera que nunca haré será comprarme un Blackberry (o algún teléfono con acceso a Internet), sellando así mi encarcelamiento en el mundo de las ansiedades virtuales. Lo segundo que nunca haré será darle mi voto a Keiko Fujimori. ¿Qué tiene que ver una con la otra? Pues, como mencioné anteriormente, probablemente no haya relación —al menos a primera vista— entre la primera y segunda afirmación (o más bien, par de negaciones). Antes, algunas aclaraciones. Ni tener un Blackberry ni votar por Keiko Fujimori convierten a una persona en una malvada ni mucho menos pérfida. Segundo, no concluyo que todos los que tienen un «Bb» —graciosa y curiosa reducción—le darán su voto a Fujimori, pues no tengo el dato estadístico para hacer una afirmación de ese tipo. Menos aún podría inferir que los votantes de Fujimori cuentan en su totalidad con un Blackberry, pues parte de ese porcentaje se encuentra en la pobreza extrema, por lo que sería irracional pensar y afirmar algo así. Sin embargo, algo me dice que sí existe una relación, y pensar que los entusiastas usuarios de los «Bb» le darán su voto no resulta una disparada idea. Estos usuarios, además de arruinarnos momentos como los que pasábamos horas tratando de recordar el nombre de cierto porcentaje de un dibujo animado con un rápido y preciso googleo, —el otro día pasé buen rato con un grupo de amigos tratando de dar con el nombre del perro de Tintín, «¿cómo se llamaba?», «nada, no me acuerdo», «lo tengo en la punta de la lengua»,— quienes lo usan en tanto conversan con nosotros, nos hacen sentir que, sencillamente, mucho no importamos. Les aseguro que alguna vez han estado en una situación como la siguiente: suben la cabeza, alzan la mirada, la vuelven a bajar, nos miran, nuevamente hacia abajo, luego asienten mostrándonos el lóbulo parietal, ensayan sonidos y susurros buscando convencernos que sí nos están escuchando, la vuelven a subir, luego a bajar para finalmente volverla a enterrar, sumergiéndola en la zona touch screen. Es decir, un carajo lo que me estás diciendo. Es decir, yo no me despego de mi auto-complacencia ni de mi constante auto-gratificación, no postergando la actualización de mi CNN personal, para escuchar lo que tienes que decir. ¿Coincidencias? ¿Algo parecido? ¿Familiar? Pues sí. En mucho menor escala, como sabemos algunos, —pues más del 23% lo olvidó (o no le importó, en realidad)—, el desinterés y el atropello son conductas arraigadas, enraizadas en las bases de la mecánica fujimorista: no me importa los que me rodean, haciendo lo que me beneficie a mi. Ligo trompas, me siento en los derechos humanos, amenazo, cierro de congreso, allano casas, me llevo maletas enteras con millones de dólares. Me importas tan poco que renuncio, nada menos que, desde la lejanía del Japón y por fax.
A pesar de ser evidente, es importante repetir, por si acaso, que el tener un Blackberry no conducirá a las personas al destino desdichado de las conductas —o atropellos— recién mencionadas. Es por eso que, entonces, digamos que se trata de una intuición, de un latido, de un no sé qué, el que me dice que quienes miran más al aparato que abrigan en sus manos que al amigo (o persona) que tienen en frente le darán su voto a la mafia fujimorista, a los Rodriguez Medrano, a los setenta y ocho personajes del gobierno de los noventa que ahora cumplen sus penas tras las rejas, reinagurando así la salita del SIN.
Varios de mis amigos utilizan la dichosa tecnología, y no por eso los estimo menos. Y ahora, pensando en ellos, recordándolos con sus «bbs», como dije, no sé porqué pero no tengo dudas en que votarán para restablecer la dictadura más espantosa que ha habido jamás en este país. A pesar de eso, no los estimo menos.
Es cierto que dicen que uno nunca debe decir nunca, pues no sé sabe qué situaciones podría tener uno en frente en el futuro, pero esos márgenes —los de locura sana— los dejaré para ciertas aventuras, sin duda más divertidas y gratas, las cuales, a fin de cuentas, no sé si aceptaré o no. En cuanto a lo anterior, sí puedo afirmarlo sin temor: nunca tendré un Blackberry. Ni nunca le daré mi voto a Keiko. Ahora pon tu dedo sobre la pantalla, deslízalo hasta la esquina derecha y dale un golpecito sobre la «x», y luego anda y marca la K, manchándote las manos con sangre.
Milu, se llama el perro de Tintín.
A pesar de ser evidente, es importante repetir, por si acaso, que el tener un Blackberry no conducirá a las personas al destino desdichado de las conductas —o atropellos— recién mencionadas. Es por eso que, entonces, digamos que se trata de una intuición, de un latido, de un no sé qué, el que me dice que quienes miran más al aparato que abrigan en sus manos que al amigo (o persona) que tienen en frente le darán su voto a la mafia fujimorista, a los Rodriguez Medrano, a los setenta y ocho personajes del gobierno de los noventa que ahora cumplen sus penas tras las rejas, reinagurando así la salita del SIN.
Varios de mis amigos utilizan la dichosa tecnología, y no por eso los estimo menos. Y ahora, pensando en ellos, recordándolos con sus «bbs», como dije, no sé porqué pero no tengo dudas en que votarán para restablecer la dictadura más espantosa que ha habido jamás en este país. A pesar de eso, no los estimo menos.
Es cierto que dicen que uno nunca debe decir nunca, pues no sé sabe qué situaciones podría tener uno en frente en el futuro, pero esos márgenes —los de locura sana— los dejaré para ciertas aventuras, sin duda más divertidas y gratas, las cuales, a fin de cuentas, no sé si aceptaré o no. En cuanto a lo anterior, sí puedo afirmarlo sin temor: nunca tendré un Blackberry. Ni nunca le daré mi voto a Keiko. Ahora pon tu dedo sobre la pantalla, deslízalo hasta la esquina derecha y dale un golpecito sobre la «x», y luego anda y marca la K, manchándote las manos con sangre.
Milu, se llama el perro de Tintín.

¿Los que tienen iPhone?
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